martes, agosto 28, 2007

El perfume de Gabriela

Gabriela armaba la perezosa en el terreno que había detrás del bar, plantado de árboles, que daba a la plaza. Decía, "hasta luego, don Nacib", y volvía a la casa. El árabe encendía su cigarro de São Félix, tomaba los periódicos de Bahía, atrasados una semana, y quedaba espiándola hasta verla desaparecer en la curva de la iglesia con su andar de bailarina, y sus cuadriles marineros. Ya no llevaba la flor en la oreja, metida entre los cabellos. El la encontraba en la perezosa, ¿caería por casualidad, al inclinarse ella, o se la habría sacado de la oreja dejándola allí a propósito? Rosa de fuego, con olor de clavo, el perfume de Gabriela…

Jorge Amado, Gabriela, clavo y canela, 1958.

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